Revista iDescubre

Editorial

OCTUBRE 2018 – ENERO 2019

Uno de los fenómenos a los que venimos prestando mayor atención en iDescubre es aquel que hace de la ciencia un elemento más en la vida cotidiana de los ciudadanos; un elemento comprensible y cercano, trascendente pero formulado de tal manera que sea accesible para públicos no especializados. Este fenómeno de popularización tiene un notable abanico de recursos que van desde la divulgación más convencional, la que se expresa, por ejemplo, en los medios de comunicación, hasta las fórmulas más novedosas y atrevidas, esas que buscan transmitir el conocimiento científico a través del humor, las redes sociales o la gastronomía. Y esta variedad implica, asimismo, un trabajo a todas las escalas: el mensaje puede ser planetario o estrictamente doméstico.

La ciencia ciudadana se suma también a este catálogo de prácticas, aunque no se trate, por mucho que a veces lo parezca, de una herramienta de última hora: a mediados del siglo XIX el científico inglés William Wheewell, en uno de los primeros ejemplos documentados de este tipo de trabajos cooperativos, organizó a miles de observadores voluntarios, distribuidos a ambos lados del Atlántico, para estudiar las mareas. Desde hace décadas, por tanto, la naturaleza colectiva del trabajo científico se expresa más allá de sus círculos endogámicos, demandando las valiosas aportaciones de legos que, a pesar de sus limitaciones, se convierten en decisivos colaboradores de los expertos.

Lo que ha multiplicado este tipo de iniciativas, y su valor, son las nuevas tecnologías, y en particular las que nos han ido sorprendiendo en el campo de las  comunicaciones. Las posibilidades de trabajar en red y en tiempo real, el acceso a poderosas bases de datos, el uso de dispositivos móviles dotados de múltiples sensores o el auxilio de la inteligencia artificial, han revolucionado este espacio cooperativo, de manera que, como señala Susana Finquelievich, los ciudadanos se han convertido en “prosumidores de la ciencia, y esta co-creación de conocimiento representa un adelanto considerable con respecto al enfoque previo, en el cual el científico era ‘el experto’ y los ciudadanos, básicamente, unos asistentes gratuitos de investigación”.

Además de contribuir al conocimiento mutuo y, por tanto, al establecimiento de una justa consideración tanto del trabajo científico como de las inquietudes ciudadanas, esta co-creación multiplica las capacidades de toda la sociedad en la búsqueda de soluciones a algunos de los grandes retos de nuestro tiempo y lo hace desde un planteamiento en donde es más valiosa la cooperación altruista que las grandes inversiones. La ciencia ciudadana, en definitiva, contribuye a la construcción de una sociedad mejor.

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