¿Qué factores influyen en la supervivencia celular del músculo cardíaco? Un equipo de investigación de las universidades de Jaén y Cádiz identifica en células humanas in vitro y en modelos de ratón una molécula más activa en machos con cardiomiopatía. El hallazgo ayuda a comprender por qué algunas enfermedades de este tipo son más frecuentes y graves en hombres, y abre una línea para futuras terapias.
Los antiguos egipcios creían que, al morir, se enfrentaban a una última prueba a las puertas del inframundo. Su destino dependía del peso de su corazón. Así lo recoge el conjuro 125 del Libro de los Muertos, una de las escenas más conocidas del imaginario funerario egipcio, representada en papiros como el de Ani, conservado en el Museo Británico de Londres.
En esa ceremonia simbólica, el corazón del difunto se colocaba en un platillo de una balanza y, en el otro, descansaba la pluma de Maat, diosa de la verdad, la justicia y el orden. Mientras, Osiris, señor del Más Allá, presidía el juicio ante la presencia de otras deidades. Si el corazón humano pesaba más que la pluma, significaba que aquella vida cargaba con demasiadas faltas, y Ammit, una terrible criatura con rasgos de cocodrilo, león e hipopótamo, devoraba el alma. Si la balanza permanecía en equilibrio, el difunto podía continuar su travesía hacia la vida eterna.
Miles de años después, la ciencia no pesa el corazón frente a una pluma ni busca en él la medida moral de la existencia. Pero la imagen de esa balanza conserva su fuerza para hablar de otro juicio más pequeño y biológico: el que ocurre dentro de las células cardíacas cuando deben decidir resistir el daño o iniciar el proceso de su propia muerte.
Un equipo andaluz, en el que participan las universidades de Jaén y Cádiz, la Fundación MEDINA, el Instituto de Investigación e Innovación Biomédica de Cádiz y entidades nacionales e internacionales, ha identificado un gen que podría ayudar a explicar por qué algunas enfermedades del corazón afectan con mayor frecuencia a los hombres y, en muchos casos, evolucionan de forma más grave.
Ese gen se llama Walras y produce una molécula de ARN relacionada con el estrés y la muerte celular del corazón. En modelos de ratón y en células humanas in vitro, los investigadores han comprobado que aparece más activo en machos con patologías del músculo cardíaco. El hallazgo, todavía en fase preclínica, no describe una terapia disponible ni se ha probado en pacientes, pero abre una nueva vía para diseñar futuras estrategias frente a ciertas cardiopatías.
Mecanismos biológicos
El equipo investigador explica que las enfermedades cardiovasculares no siempre afectan igual a hombres y mujeres. Durante años, esa diferencia se ha relacionado con el posible efecto protector de las hormonas femeninas, como los estrógenos. Sin embargo, aún queda por conocer con exactitud mejor qué mecanismos se activan dentro de las células del corazón para que esa diferencia se traduzca en más daño, más estrés celular o una menor capacidad de resistencia.
La principal novedad del trabajo es que identifica una posible pieza de ese mecanismo, dado que Walras aparece más activo en machos con cardiomiopatía, un conjunto de patologías que afectan al músculo cardíaco. Esa mayor actividad se asocia con una respuesta de estrés celular más intensa y con una mayor tendencia a la muerte de las células del corazón.
La imagen de la balanza vuelve aquí, aunque trasladada al laboratorio. Cuando una célula cardíaca está sometida a estrés, puede intentar sobrevivir o activar un proceso de muerte celular. Según los resultados del estudio, el aumento de las moléculas producidas por Walras inclina esa balanza hacia el daño en los modelos masculinos.
El corazón tiene una capacidad muy limitada para repararse cuando sufre una lesión grave. Tras un infarto o en determinadas cardiomiopatías, parte de sus células puede deteriorarse o morir. Con el tiempo, esa pérdida reduce la fuerza con la que el órgano se contrae y bombea la sangre. “No hay una forma sencilla de arreglar el corazón cuando el daño ya se ha producido. En muchos casos, la mejor forma de proteger al paciente es evitar que llegue a ese punto”, señala a la Fundación Descubre el investigador de la Universidad de Jaén Carlos García Padilla.
Por eso, comprender qué empuja a una célula cardíaca hacia la muerte puede ser tan relevante como buscar formas de reparar el daño después. La investigación se sitúa en esa frontera: identificar señales que, en el futuro, podrían convertirse en puntos de intervención para proteger el tejido cardíaco antes de que el deterioro avance.
Un órgano irreparable
El trabajo, publicado en Frontiers in Physiology, combina modelos de ratón con análisis en células humanas in vitro. La metodología se centró en comparar cómo se comporta Walras en machos y hembras con enfermedad cardíaca, y en observar qué ocurre cuando se modifican sus niveles.
Entre sus principales aportaciones destacan:
- Identifica a Walras como un gen más activo en machos con cardiomiopatía.
- Relaciona su actividad con una mayor respuesta de estrés en las células del corazón.
- Observa que el aumento de esta molécula favorece procesos asociados a la muerte celular en modelos masculinos.
- Comprueba que el estradiol reduce su actividad, mientras que la testosterona la incrementa.
- Detecta una molécula equivalente en células cardíacas humanas que activa procesos parecidos.
- Propone a Walras como posible diana terapéutica para futuras estrategias frente a ciertas cardiopatías.
El peso del daño
Estos resultados ayudan a concretar una explicación que hasta ahora se formulaba de manera más general. No se trata solo de decir que las hormonas influyen, sino de señalar una vía celular que podría participar en la distinta evolución de algunas enfermedades cardíacas según el sexo.
Aun así, los autores subrayan que se trata de una investigación en fase preclínica. Los resultados proceden de modelos animales y ensayos celulares in vitro, por lo que todavía no permiten anticipar cómo funcionaría una posible intervención en pacientes.

Los expertos comprobaron que, en el caso de los machos, el gen Walras estaba más activo. Fuente: Pixabay.
El juicio de Osiris imaginaba el corazón como una medida moral. La biomedicina lo observa de otra manera: como un órgano atravesado por señales químicas, respuestas de estrés, diferencias hormonales y mecanismos que pueden decidir si una célula resiste o desaparece.
En ese tránsito del mito al laboratorio, la balanza sigue siendo una imagen útil. No para juzgar una vida, sino para entender qué inclina el destino de una célula cardíaca. Porque el corazón, más allá de la metáfora, también guarda sus propias desigualdades. Algunas se expresan en el pulso, otras en las células. Y otras, como sugiere este estudio, en la actividad de una molécula que ejerce de pluma e inclina la balanza entre la vida y la muerte.
Más información en #CienciaDirecta: Identifican un gen asociado a una mayor frecuencia de enfermedades cardíacas en los hombres
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