Revista iDescubre

Las señales del cambio

Informa: José María Montero.

Asesoría científica: María José López, Lorenzo Arribas, Javier Sánchez, Francisco Javier Bonet.


07 de diciembre de 2016
Francisco Javier Bonet, investigador del Instituto Interuniversitario de Investigación del Sistema Tierra y del Observatorio del Cambio Global en Sierra Nevada. / Foto: Charo Valenzuela

Francisco Javier Bonet, investigador del Instituto Interuniversitario de Investigación del Sistema Tierra y del Observatorio del Cambio Global en Sierra Nevada. / Foto: Charo Valenzuela

La nieve de Sierra Nevada es diferente porque, en cierta forma, es una anomalía, un elemento inusual en estas latitudes, un recurso que se encuentra en uno de sus límites de distribución. Su dinámica es distinta a la que se registra en los Pirineos o en los Alpes. Sus ciclos de fusión y congelación son peculiares y así, por ejemplo, los procesos de evaporación directa, al ser arrastrada por el viento, son mucho más frecuentes que en otros territorios. Todas estas circunstancias interesan a los científicos y plantean múltiples interrogantes a propósito del papel que desempeña en Sierra Nevada.

La nieve, dentro de un espacio tan valioso y biodiverso, es el soporte de numerosos sistemas naturales a los que presta especial atención el Observatorio del Cambio Global ya que funcionan como auténticos bioindicadores. “Buena parte de los bosques del macizo”, precisa Bonet, “dependen, en mayor o menor medida, de la cubierta de nieve”. Y la buena salud de estos ecosistemas, añade Sánchez, “es fundamental para el mantenimiento de todos los servicios que prestan, ya sean al propio medio natural o a los aprovechamientos humanos, por eso no tiene sentido separar la conservación del desarrollo”.

Javier Sánchez, director del Espacio Natural de Sierra Nevada. / Foto: Charo Valenzuela

Javier Sánchez, director del Espacio Natural de Sierra Nevada. / Foto: Charo Valenzuela

Los bosques de hoja caduca son un buen ejemplo de estos bioindicadores asociados a la nieve. El periodo de producción de hojas, de biomasa, de estos árboles, explica Bonet, coincide con la fusión de la nieve, “de manera que podemos decir que se alimentan de nieve, de tal forma que cuando la nieve desaparezca o cambien los patrones de innivación estos bosques se verán comprometidos y no sabemos muy bien qué pasará con ellos”. Idéntica preocupación suscitan los enebrales de alta montaña, sobre todo los ejemplares jóvenes que mantienen una relación muy estrecha con la nieve porque necesitan mucha agua para su desarrollo. Los pinares de repoblación, por el contrario, no parecen verse muy afectados por la escasez de nieve, al menos en el corto plazo.

Más allá del elemento nieve y su vínculo con ciertas especies y comunidades vegetales, el Observatorio está analizando otros muchos organismos y su respuesta al cambio climático, como aves, anfibios, ungulados o insectos. Todos forman parte de un mosaico complejo, y no del todo conocido, que se enfrenta a un rapidísimo cambio en las reglas de juego. ¿Quiénes se adaptarán y quiénes no? ¿Qué se perderá? ¿Será posible sustituir lo que no se adapte? ¿Podrán manejarse los ecosistemas para favorecer su supervivencia? Y la pregunta fundamental, la que condiciona el resto de respuestas: ¿Estamos a tiempo de actuar?


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