Revista iDescubre

El atún como modelo: mitos, conocimiento y gestión

Informa: José María Montero.

Asesoría científica: María Luisa Cordero, José Carlos García-Gómez, Luis Silva, Manuel Yúfera.


06 de febrero de 2018

Aunque la intensidad con la que hoy se agotan nuestros caladeros sólo cabe atribuirla al impacto de una flota muy tecnificada y a una más que evidente sobrepesca, los humanos siempre hemos manifestado cierta inquietud cuando, sin motivo aparente, disminuían las capturas de peces, crustáceos, moluscos o cefalópodos. El fenómeno no es exclusivo de esta época de consumo insensato. El problema viene de antiguo y hunde sus raíces en un escaso conocimiento científico sobre la dinámica de las poblaciones animales y la ecología marina.

Un buen ejemplo de esta preocupación ancestral, combinada con una dosis notable de ignorancia, lo encontramos en la pesca de atunes en las almadrabas del Golfo de Cádiz. La disminución de capturas que nos inquietó hace pocos años, hasta temer por la propia supervivencia de esta pesquería, y que estaba directamente relacionada con una presión excesiva sobre la especie, aparece ya documentada en un escrito de Fray Martín Sarmiento fechado en el siglo XVIII. El religioso, a petición del Duque de Medina Sidonia, investigó las causas de la decadencia de las almadrabas, aportando conclusiones tan actuales como que “el modo de pescar mucho es el peor modo de pescar y de apurar la pesca”, o que “faltan los pescados en el mar porque se desprecian las leyes de la veda que se pusieron justamente en favor de la cría”.

Pese a la larga historia de la pesca del atún, y el sofisticado arte con el que se le trampea, hace tres siglos se mantenían ideas tan singulares como que estos peces se alimentaban, entre otras cosas, de bellotas: “Los atunes, según Atheneo, son unos puercos marinos que comiendo dichas bellotas engordan muchísimo (…), y que, cuando el año es abundante en bellotas, lo será también en atunes”.

Igualmente, en lo que se refiere a las rutas migratorias de este animal por el Estrecho (entra en el Mediterráneo en la primavera –atún de derecho– y sale al Atlántico en el verano –atún de revés–), se recurría al argumento de que estos peces ven mal con el ojo izquierdo por lo que se desplazan cerca de la costa africana al entrar al Mediterráneo. Como solución, Fray Martín Sarmiento propone cristianizar el litoral africano y así “faltaría el temor [a los moros], se cruzaría la entrada del golfo por el estrecho, se procuraría espantar los atunes de aquel lado y cargarían al lado de las almadrabas”.

El conocimiento sobre la especie no ha dejado de crecer y por eso el peligro del que nos advirtieron los especialistas hace unos años, cuando parecía inevitable el agotamiento de este recurso, se tomó en consideración. Por una vez la voz de la ciencia se escuchó en los foros en los que debía decidirse la presión pesquera sobre la especie, y de esta manera la ICATT (Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico) dictó unas normas estrictas que se materializaron en cupos innegociables y muy controlados. “Se acertó sin ningún género de dudas”, defiende José Carlos García-Gómez, “porque en 2004 esa pesquería, la del atún rojo, estaba al borde del colapso comercial, y en 2006 se consideró que la extinción comercial podría llegar a ser inevitable, de manera que los cupos, que ya en 2012 colocaron a las almadrabas al borde de la quiebra, terminaron por salvar a la especie, a la pesquería y a las empresas que la explotan. Todos los años se están liberando miles de atunes y la especie sigue creciendo a buen ritmo, de manera que en 2020 se estima que podría alcanzarse el rendimiento máximo sostenible”. La fórmula, es definitiva, “es impecable, aunque precise de ciertos ajustes para lograr el lógico equilibrio entre las demandas del sector y las recomendaciones de los científicos; una fórmula que ojalá se aplicara a todas las especies de interés comercial”.


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