“La historia miente, pero los huesos no: la salud de los antiguos egipcios era muy mala, incluso la de los faraones”

Miguel Botella dirige desde el año 1974 el Laboratorio de Antropología Física  de la UGR.  Por sus manos han pasado miles de huesos de dispar procedencia y en muchos casos tan importantes como lo fueron los de Cristóbal Colón. Sin embargo para él, vengan de donde vengan, pertenezcan a quien pertenezcan, una vez ante sus ojos, los huesos pierden la espectacularidad de su origen para elevarlos a misma categoría ante la minuciosidad de su análisis.  Es uno de los mayores especialistas del mundo en criminología forense.

Autor: Gonzalo Cappa.

Asesoría científica: Miguel Botella.


Granada |
12 de noviembre de 2018

Miguel Botella, durante su conferencia.

Profundo conocedor de la cultura egipcia, una de sus mayores aportaciones a la ciencia ha sido registrar el primer cáncer de mama de la Historia, sucedió durante el estudio de dos momias en su sarcófago en la región de Asuán. Su atesorada intuición lo hizo detenerse en las señales de dolor crónico que revelaban sus huesos y que, más tarde, ya en el laboratorio, pudo corroborar que se trataba, efectivamente, de una osteoporosis causada por un cáncer de mama a una mujer de la necrópolis de Qubbet-el-Hawa, al sur de Egipto. Allí trabaja desde hace más de una década dirigiendo el trabajo de campo de un equipo de científicos de la Universidad de Jaén y la UGR.  Integrado por completo en esta zona del país, curiosamente, el prestigioso antropólogo sin pretenderlo se ha convertido en un profundo conocedor no sólo de su Historia, también de la salud de sus habitantes actuales, la razón: cuando los oriundos del pueblo se enteraron de que Miguel Botella había estudiado medicina se dirigieron a él esperanzados en mejorar sus dolencias, él, incapaz de aclarar que estaba allí para estudiar la salud de las momias y no la de ellos, decidió sobre la marcha darle más usos a la bata blanca y de forma voluntaria y altruista, comenzó metódico, cada tarde a las 7,30 a atender a una población que no tiene recursos para curar la mayoría de las enfermedades que él diagnostica. Pero ellos le agradecen su interés, sus cuidados, sus consejos y la atención con la que los escucha. ‘Abu Digui’, así lo llaman, que significa ‘el hombre respetable con barba’.

El resultado de lo aprendido en Egipto ha centrado la intervención del  antropólogo granadino en un congreso en el más de 300 profesionales de múltiples disciplinas relacionadas con los óseo le han escuchado con silenciosa atención. Casi medio siglo de profesión y sabiduría lo merecen, y lo fascinante de sus historias también. Esas historias que le cuentan los huesos, testigos del pasado y  fieles delatores de cómo vivían nuestros predecesores.

Cuando hablamos de Egipto siempre viene a nuestra cabeza la magnificencia de sus monumentos, nadie se queda impasible ante las pirámides. Sin embargo, al catedrático de Antropología Física y a su equipo de investigadores no les entusiasmaba esa idea de esplendor del Antiguo Egipto: “La historia miente, cuenta lo que le interesa porque la escriben los ganadores y los nostálgicos. Pero los huesos, aunque digan poco, dicen siempre la verdad”, sostiene el profesor Botella.

Miguel Botella y su equipo comenzaron, un proyecto de investigación sobre la salud y la enfermedad “real” de los antiguos egipcios, incluidos los faraones, y se llevaron una sorpresa: “Vivían mucho peor de lo que nos imaginábamos, estaban en la frontera de la vida y la muerte, en un nivel de estrés permanente. Sufrían enfermedades infecciosas muy abundantes y la mitad de la población se moría antes de los 5 años”. De esta situación tampoco se libraban los faraones. Ramses II, el “iniciador de la propaganda” sobre el esplendor de Egipto, según el profesor, fue una excepción por haber llegado a los 80. Pero Tutankamon murió con 19 años y algunos de los gobernadores con 17. Esta paradoja, la existente entre una “gran civilización abrumadora” y unas condiciones de vida “miserables”, llama la atención de los investigadores desde que iniciaron los trabajos al sur de Egipto. Se trata de una necrópolis, una tumba excavada en la roca que está frente a la isla de Elefantina. Un lugar de frontera –y por tanto de conflicto— y de población negra y blanca que vivía en unas condiciones miserables. La realidad de aquella etapa (hablamos de los años  2000 a 1750 AC) se parece mucho, según el catedrático, a la de nuestros días: “Sus condiciones de vida son muy precarias”.

Y los huesos y momias encontrados en ese lugar –en un estado “excelente” de conservación— reflejan que los egipcios “vivían en el límite de la muerte, porque tenían que soportar temperaturas de 50 grados, bebían agua de un Nilo permanentemente contaminado y sufrían enfermedades de enorme prevalencia como la malaria”.  A él, los huesos, no le mienten nunca porque son el tejido menos perecedero del organismo y tienen grabada información valiosísima.

Había osteoporosis y evidencias de otras enfermedades óseas. Y en este punto los asistentes del Congreso de SEIOMM estuvieron si cabe aún más atentos a la charla de Miguel Botella: “Algunas son osteoporosis abrumadoras y otras enfermedades óseas aún poco conocidas en la actualidad, como la ‘enfermedad de Paget’. También hay traumatismos, aunque menos de lo esperado por tratarse de una zona de conflicto”.

Y así terminaba su intervención Miguel Botella, quien podría sin embargo pasar horas y horas hablando de Egipto, de Historia, de investigaciones interesantísimas que han pasado por sus manos. Maestro de antropólogos, serio, amable y humilde a pesar de que es conocido internacionalmente, admite con cierto orgullo en petit comité,  como el ‘Bones’ español por ser el único capaz de desentrañar y arrancar información a los huesos en los casos de criminología forense más difíciles. Nos deja con ganas de más, con ganas de saltar del antiguo Egipto a la actualidad, de que nos cuente en profundidad en qué idioma le hablan esos huesos que a los demás se les resisten.

Pero el congreso de la Sociedad Española de Investigación Ósea y del Metabolismo Mineral da paso a más ponentes, a más investigación que nos llevará a mejorar la calidad de vida de los pacientes con enfermedades óseas.

Quién sabe si dentro de miles de años, algún barbudo científico del futuro no hablará con la misma pasión de nuestros huesos cuando hayamos muerto.


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