Un ‘detective’ químico confirma la devastación de un poblado ibero hace más de dos mil años

Diversos análisis de la corrosión sufrida por un caldero de bronce del yacimiento del Cerro de la Cruz en Almedinilla (Córdoba) corroboran el relato de la destrucción de este poblado por parte de las tropas romanas en el siglo II a.C. Es una muestra de cómo las ciencias experimentales pueden ayudar a la Arqueología para conocer mejor la Historia.

arqueologia , bronce , Química

Autor: Isidoro García

Fuente: Fundación Descubre


Córdoba |
03 de diciembre de 2018

Los mejores detectives siguen el método científico para resolver los crímenes a los que se enfrentan. Desde Fray Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa hasta el famoso Sherlock Holmes, los grandes investigadores de misterios aparentemente irresolubles despliegan un amplio abanico de saberes, método analítico y grandes dosis de paciencia para acabar descubriendo la verdad. Esta es la forma de actuar de la ciencia, aunque a veces cueste más de dos mil años llegar a obtener resultados y la pista principal sea una vasija de cocina.

Este es el caso de un caldero de bronce procedente del yacimiento ibero del Cerro de la Cruz, en la localidad cordobesa de Almedinilla. Hallado junto a otros objetos cotidianos en uno de los edificios del poblado ibero al que pertenece, ha sido objeto de un minucioso estudio para determinar el estado de su corrosión por parte de un grupo de investigación del Departamento de Química Orgánica de la Universidad de Córdoba (UCO). “Determinar el estado de corrosión de un objeto de bronce es importante para su restauración”, explica a la Fundación Descubre José Rafael Ruiz Arrebola, director del Departamento de Química Orgánica de la UCO y uno de los autores del trabajo.

Poblado ibero del Cerro de la Cruz en Almedinilla (Córdoba). Autor: Ayuntamiento de Almedinilla

Se utilizaron cuatro técnicas instrumentales, basadas en la absorción o emisión de radiación electromagnética por un cuerpo: difracción de rayos X, que ofrece información sobre las fases cristalinas de los compuestos que se han formado con la corrosión; microscopía electrónica de barrido con energía dispersiva de rayos X, que muestra la composición elemental superficial de los fragmentos estudiados; espectroscopia Raman, que utiliza un haz de luz láser para revelar los compuestos químicos presentes en el caldero; y fluorescencia de rayos X, que, además de determinar la composición química total del objeto, permite ver la distribución de un elemento concreto en una zona tridimensional del caldero.

“El uso conjunto de las técnicas empleadas nos permite, por un lado, caracterizar los compuestos de corrosión que se han formado a nivel superficial, así como determinar la profundidad de la corrosión en el material. En el caldero estudiado esta corrosión es total, no queda rastro de la aleación original”, afirma el catedrático de la UCO. El bronce es una aleación metálica formada por cobre y estaño usada desde la Antigüedad. En entornos ‘agresivos’ como tumbas o enterramientos, este material sufre una corrosión característica que se puede analizar mediante estas técnicas experimentales.

Pero, como en el género detectivesco, el análisis reveló un detalle inesperado que arrojó una nueva luz al caso: el resultado más interesante fue comprobar que la corrosión se produjo de forma distinta por cada una de las dos caras del caldero. Por un lado, una corrosión confirma que una de sus caras se encontraba en contacto con el suelo. Por otro, la presencia de malaquita muestra una corrosión diferente debido a que fue sepultado por las paredes que formaban la estancia en la que se encontraba, construidas a base de cal y adobe. “En resumen, el caldero se encontraba sobre el suelo cuando se produjo el derrumbe de la estancia como consecuencia del ataque que destruyó el poblado”, concluye el investigador.

De izquierda a derecha de la imagen, Dolores Esquivel, César Jiménez, José Rafael Ruiz y Daniel Cosano, del Departamento de Química Orgánica de la UCO y autores del estudio.

El objeto fue encontrado junto a otros (ánforas, vasijas de cerámica, copas…) en uno de los edificios situados en la calle principal del poblado utilizado probablemente para almacenar grano. El asentamiento, originario del siglo III a.C., era de tamaño medio y los edificios estaban hechos de piedras y adobe, con dos plantas y una terraza. La información extraída del estudio de la corrosión confirma los datos arqueológicos recabados hasta la fecha, según los cuales el poblado fue arrasado por tropas romanas al mando del general Serviliano durante las guerras lusitanas del siglo II a.C., en las que los pueblos del oeste de la península Ibérica se enfrentaron a la República romana. En el yacimiento arqueológico del Cerro de la Cruz se hallaron restos humanos mutilados e indicios de intensos fuegos que destruyeron los edificios.

Diversos elementos del yacimiento como monedas y cerámicas sitúan la fecha de la destrucción del poblado en el año 141 a.C., fecha en la que el cónsul Serviliano reanudó su campaña contra Viriato en la zona. El carbono 14 ha confirmado esta fecha. Y los análisis químicos realizados a partir de los fragmentos de este humilde caldero reafirman la hipótesis del abrupto final del poblado. “Este es un claro ejemplo de cómo las ciencias experimentales pueden soportar conclusiones arqueológicas”, subraya José Rafael Ruiz Arrebola. Es la primera vez que el grupo de investigación de la UCO emplea estas técnicas en objetos procedentes de este yacimiento situado en la localidad cordobesa de Almedinilla, declarado Bien de Interés Cultural. Ahora pretenden aplicar esta metodología a objetos de otros yacimientos. Y la Química volverá a ejercer de detective para resolver otros misterios silenciados por el tiempo.


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