Cultivar y cuidar de un huerto o un jardín mejora el bienestar, la dignidad y la esperanza en personas sin hogar
Según un estudio de la Universidad de Córdoba, las personas sin hogar que crean y cuidan un espacio verde obtienen beneficios emocionales a corto plazo como la mejora de su bienestar o la reducción de malestar psicológico.
Las personas sin hogar que participan de forma activa en la creación y cuidado de un huerto o jardín mejoran su bienestar y la percepción de su salud física, así como reducen su malestar psicológico a corto plazo. Son los resultados de un programa de jardinería terapéutica desarrollado en el centro de acogida para personas sin hogar de Cáritas en Córdoba en el que ha participado el equipo de investigación de la Universidad de Córdoba formado por Marta de Luna, Nacho Sánchez, Catalina Cruz y Mª del Mar Delgado en el marco del proyecto IN-HABIT, coordinado por esta última. Así, en un entorno, el del sinhogarismo, en el que el estrés, la incertidumbre, los estigmas o los problemas de salud mental están presentes, el jardín se convierte en un lugar de dignidad, aprendizaje, calma y encuentro a través del trabajo colaborativo.
Bajo la coordinación del equipo de IN-HABIT, quienes participaron en el programa decidieron, construyeron, cuidaron y evaluaron los espacios verdes, formando parte activa de todo el proceso. El contacto con la naturaleza y el trabajo con otras personas ayudaron a reducir el estrés, a crear vínculos y a aumentar la confianza y el sentido de pertenencia. Así, no solo hubo efectos emocionales inmediatos, sino que el proyecto también brindó la oportunidad de reconectarse con otras personas, de encontrar un sentido de propósito personal y de participar en un proceso compartido de transformación ambiental.
La clave del proyecto fue que las personas sin hogar no fueron tratadas como simples beneficiarias; no fue una actividad diseñada “para ellas”, sino “con ellas”. Participaron en el diseño, la puesta en marcha, el mantenimiento y la evaluación del jardín, usando métodos que favorecen el desarrollo de habilidades sociales. Esta forma de trabajo ha permitido reconocer sus capacidades y reforzar su papel como agentes activos de cambio. Durante el proceso han desarrollado habilidades prácticas y personales: aprender a cuidar plantas, organizar tareas, trabajar en equipo, asumir responsabilidades, tomar decisiones y mantener el compromiso con el grupo. Pero, sobre todo, recuperaron la sensación de ser útiles, escuchadas y valoradas.
Las entrevistas que el equipo de investigación mantuvo con las personas sin hogar que cuidaron de la naturaleza explican los beneficios del proyecto: las personas participantes describieron el jardín como un lugar donde podían tranquilizarse, dejar de pensar en sus problemas por un rato, sentirse acompañadas y recuperar la motivación.
Este estudio demuestra que las políticas y servicios para personas sin hogar deben ir más allá de la asistencia básica. También deben ofrecer espacios donde las personas puedan reconstruir su autoestima, participar, aprender y aportar a la comunidad. “En este caso, el jardín fue mucho más que un espacio verde: fue una herramienta para recuperar bienestar, dignidad y esperanza”, explican desde el equipo investigador.
Una prueba más del éxito de la experiencia es que, a pesar de que el proyecto IN-HABIT ya ha finalizado, tanto el equipo de investigación como las personas participantes siguen implicados en el mantenimiento de los espacios, y que incluso algunas de estas últimas, que han mejorado su situación personal y ya no residen en la casa de acogida, siguen participando semanalmente en estas tareas.
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