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Zoonosis, ecología de una pandemia

La comunidad científica actúa para cubrir cuanto antes las lagunas de conocimiento que se abren ante la pandemia por el coronavirus SARS-Cov-2. Los detalles que restan por desentrañar son numerosos, pero existen evidencias bastante marcadas. Una es el origen: la zoonosis, es decir, cuando un virus que se hospeda en animales pasa a seres humanos.

Autoría: Juan García Orta / Fundación Descubre.

Asesoría científica: Pedro Jordano.


28 de abril de 2020

Pedro Jordano.

A las 8 de la tarde, a veces antes debido a los impacientes, se produce desde ventanas y balcones un aplauso unánime. Está dedicado a quienes se exponen fuera de casa para velar por quienes permanecen dentro. A resguardo de la pandemia. Semanas atrás, que saben a años, el confinamiento de ciudades en China sonaba a distopía. Pero al igual que el coronavirus SARS-CoV-2, las medidas para evitar el contagio se extienden por el planeta. Entre cuatro paredes, el mayor riesgo es prestar oídos a los centenares de bulos que acechan tras las pantallas.

La falta de conocimiento es terreno fértil para la especulación. Ante ello, la comunidad científica internacional se ha embarcado en una carrera por despejar las incógnitas que rodean a la COVID-19. Al día se publican en torno a 500 artículos, la mayoría en revistas de acceso abierto, y la producción se duplica cada dos semanas. Daniel Torres-Salina, investigador de la Universidad de Granada y de la spin-off Ec3metrics, ha tenido la ocasión de analizarlo en un artículo publicado en El profesional de la información, donde habla de una “explosión de información sin precedentes”.

Los bulos que más juego dan son aquellos que hablan sobre el origen de esta pandemia. Pero a falta de conocer el detalle, como recoge Nature, las evidencias científicas apuntan a que todo parte de los murciélagos. Es un caso de zoonosis, como ocurre en el 70% de las infecciones emergentes de las últimas décadas. Esto es, un virus (u otros microorganismos) que normalmente se hospedan en animales y que, en cierta ocasión, dan el salto a humanos, provocando afecciones como fiebre o problemas respiratorios como sucede con el coronavirus.

La COVID-19 se une, así, a otros casos más que conocidos de zoonosis: el VIH, la malaria, la gripe aviar, el ébola, la rabia, el Zika, la gripe H1N1… El consumo de carne de animales salvajes o el contacto con el portador son las vías más frecuentes. “No tiene que ser directo, puede producirse por hospedadores intermediarios”, señala el ecólogo Pedro Jordano. Añade un ejemplo: murciélagos que habitan áreas tropicales, comen fruta de árboles próximos a una granja, cuyos restos o deposiciones son consumidos por cerdos o gallinas y estos, a su vez, por los humanos. En esa cadena del coronavirus suena el pangolín, como eslabón entre unos y otros.

Este investigador de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) es especialista en las interacciones entre especies dentro de los ecosistemas, con especial foco en las consecuencias derivadas de la pérdida de biodiversidad. La zoonosis forma parte de esas relaciones, de las que aún se conoce muy poco. “Se estima que solo el 0,1% de los virus con potencial patogénico para humanos, que pueden derivar en enfermedad, han pasado ya de animales a personas”, señala.

Un cálculo, que Jordano estima conservador, apunta a que la diversidad de virus solo en la comunidad de mamíferos podría rondar las 320.000 especies. Ascendería a varios millones si se consideraran a todos los vertebrados conocidos. Sin embargo, la lista de la Comisión Internacional para la Taxonomía de los Virus apenas alcanza las 5.560 referencias. “Aún nos falta mucho por conocer de la biodiversidad vírica”, señala el investigador, si bien la ciencia encuentra pistas de por dónde urge empezar.

Diluyendo fronteras

El programa PREDICT, impulsado por Estados Unidos tras la gripe aviar de 2005, ha estado trabajando en una treintena de países para identificar nuevas enfermedades infecciosas emergentes. “Buscan en murciélagos, primates, aves, roedores… Aún tenemos información muy limitada sobre los reservorios potenciales de virus patogénicos, pero estas especies aparecen de manera reiterada”, señala el investigador.

Uno de los motivos para la emergencia de nuevos virus, apunta, estaría en los cambios en el entorno a consecuencia de la acción humana. “Cuando hablamos de murciélagos, por ejemplo, la pérdida de hábitat, la ganadería y agricultura intensivas, hacen que nos aproximemos más a las fuentes salvajes”, apunta Pedro Jordano. Si bien, un factor crítico en la zoonosis es el consumo y comercio de carne de especies salvajes, donde el investigador diferencia la caza de subsistencia con la comercial, en muchas ocasiones ilegal. Se estima que la caza comercial de especies silvestres puede alcanzar los 6 millones de toneladas por año, sólo en la cuenca amazónica y en la del Congo.

“Las comunidades yanomami cazan monos, grandes aves como el tucán, para alimentarse. Eso es sostenible. Pero en África, por poner un caso, los cazadores van a por todo, hasta el punto de que un 4% del consumo total de carne proviene de especies salvajes. Esos animales, obviamente, son puertas abiertas a la aparición de zoonosis”, expone el ecólogo. En este sentido, hace referencia al trabajo que se realizó en 2013 sobre el zorro volador índico. Un gran murciélago causante de varias epidemias, donde hallaron 55 virus diferentes, de los cuales 50 eran nuevos para la ciencia y 10 eran del mismo grupo que el Nipah, que puede provocar encefalitis mortal en humanos.

Junto al salto de animal a humano, uno de los factores clave de la pandemia derivada de la COVID-19 es la movilidad. Sobre ello, Pedro Jordano tiene claro que “más que la conectividad, que ya en tiempo de los romanos era muy eficiente, la cuestión es la velocidad”. Ante ello, concluye que “si a la casi inmediatez de la movilidad, le sumas la densidad de población actual, tenemos lo que encontramos ahora: una enfermedad que se extiende de manera casi instantánea”.


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