Revista iDescubre

¿Cómo vive la naturaleza nuestra ausencia?

La broma de definir a una gran ciudad afirmando ‘antes todo esto era campo’ se manifiesta más real que nunca en estos meses de confinamiento. Igual que el agua recupera sus dominios, a poco que tiene la oportunidad la vida silvestre se rehace de la presencia de la especie más tóxica para la biodiversidad que ha existido. Montes y ciudades se hallan ‘a solas’ de una manera efímera, que los expertos no creen relevante, pero al menos generando un interés por fauna y flora que, esperan, sí permanezca.

Autoría: Jorge Molina / Fundación Descubre.

Asesoría científica: Alejandro Martínez-Abraín, Álvaro Luna, Florencio Alonso, Carlos Herrera, Juan Reyes, Rosa Mendoza, José Guirado, Eloy Revilla, Beltrán Ceballos, Carlos Molina, Iñigo Sánchez.


01 de mayo de 2020

Cierva en la pista que lleva al nacimiento del Guadalquivir, carretera habitualmente muy transitada. Foto: Carlos Herrera.

La sucesión de imágenes más curiosas que sorprendentes de animales en zonas humanizadas –desde jabalíes en Barcelona a focas en la ría de Bilbao, o delfines en el puerto de Cádiz– no genera mucha expectativa entre los expertos sobre las consecuencias, de fondo, del confinamiento en las relaciones entre vida silvestre y urbana.

Es el caso del profesor de Ecología de la Universidade da Coruña Alejandro Martínez-Abraín, para quien hay animales que en estas semanas “han ido un poquito más allá, pues el territorio de una especie está limitado no sólo por sus preferencias, sino también por las de las demás, de ahí que si una desaparece, otra amplíe sus límites”.

Él afirma que la fauna ibérica en el último medio siglo al menos ha revertido el proceso de reclusión en los lugares más abruptos, “y su área de distribución se ha expandido al no tener persecución y por la retirada de las personas del medio rural”. “Los animales”, añade, “están muy cerca de las ciudades y los pueblos, como los lobos en Guadarrama o los osos y lobos en Asturias y Galicia”. Cita también el caso de las nutrias halladas en Málaga capital en 2018 por Pablo Rodríguez; o en Gijón, donde cazan en parques urbanos.

Vemos ahora “el resultado de un proceso de seis décadas de gestación; la fauna no está a cientos de kilómetros de las ciudades”, añade Martínez-Abraín. Él cree que los comportamientos extremos observados estos días se revertirán, pues haría falta más tiempo para apreciar cambios permanentes, la exclusión humana es demasiado breve, por lo que descarta que se den ‘trampas ecológicas’, según se ha divulgado, en el sentido de que la vuelta a la normalidad cogerá de improviso a la fauna ‘urbanizada’ con consecuencias negativas. “Con la misma rapidez que han reaccionado en un sentido, lo harán en el contrario”, afirma.

El biólogo Álvaro Luna, confinado en la ciudad de Huelva,  explica que “en mi barrio, que es lo que alcanzo a ver, las gaviotas han desaparecido; antes tenían su ruta diaria yendo por patios de colegios para comer lo que se caía a los niños en el recreo, así que tienen que reinventar su estrategia de búsqueda de alimento”.

Sin caza

Quienes están ‘recluidos’ en medio del campo aprecian menos cambios. Florencio Alonso, gerente de la finca gaditana La Almoraima, señala que la actividad agrícola de este espacio dentro del parque natural de Los Alcornocales resulta esencial y no ha parado. Ni siquiera aprecia la ausencia de caza mayor, tan abundante en ese lugar, ya que este periodo es de veda prácticamente completa en todas las especies y por tanto no aprecian los animales cambios.

Nutria en un embalse. Foto: Charlie Key.

Carlos Herrera conversa desde su domicilio en una aldea del parque natural de Cazorla. Este científico del CSIC ha observado que los ungulados han hecho suyas carreteras y pistas. “En las principales, el único tránsito es el de los agentes de medio ambiente y científicos, por eso los ciervos no temen al ser humano, ni los jabalíes con sus cochinillos, que además les viene bien andar por las pistas”, narra.

Él señala el hecho de que muchos ciudadanos estén ahora mirando lo que antes no veían. “El halcón peregrino cría en el puente del Alamillo de Sevilla no se sabe hace cuánto tiempo, como siempre han estado en la capital el buitre leonado o el águila calzada”, aunque ahora es cuando se ‘descubren’.

Herrera cree buena idea realizar observaciones sistemáticas para evaluar finalmente los cambios detectados. Hay en marcha un proyecto de ciencia ciudadana de la asociación Ecourbe para observar aves desde los balcones anotando datos que permitan realizar finalmente una panorámica de la situación.

Parecida iniciativa aplica el coordinador de los agentes de medio ambiente del Espacio Natural de Sierra Nevada, Juan Reyes. La cincuentena de funcionarios a su mando realiza los seguimientos habituales de flora y fauna mediante transectos, y cuando los acaben comprobarán “si estos meses de falta de actividad se traducirán en mayor éxito reproductivo o en otros factores”.

El agente sí señala que la falta de tráfico puede resultar a la postre un problema. La transitada carretera a la estación de esquí granadina era esquivada por la fauna, que puede confiarse de nuevo ante la falta de tráfico y ser atropellada con más frecuencia al regreso de la normalidad. Juan Reyes indica que, realmente, las colisiones con fauna, en especial micro mamíferos, se produce con más intensidad en las carreteras de las Alpujarras.

Un bando de tarros blancos en Trebujena investiga las huras de una conejera para ocupar y hacer ahí sus nidos.

La carencia de tráfico evitará uno de los dos efectos barrera de las carreteras, pues la pista asfaltada no desaparece. Un estudio de la Sociedad para la Conservación de los Vertebrados en 2004 calculó en 30 millones los animales atropellados en el país, excluyendo invertebrados. La superficie española sellada con infraestructuras viarias supone el 1,3%. Según Ecologistas en Acción, “un análisis de la intersección de la longitud de autopistas, autovías y carreteras nacionales con espacios declarados ZEPA, LIC y Espacios Naturales Protegidos a fecha de 2001 sumó 3.758 km, cifra actualmente muy superada”.

Los biólogos almerienses Rosa Mendoza y José Guirado añaden que la extraordinaria caída de la movilidad interurbana ha reducido “a mínimos desconocidos la mortandad por aplastamiento y colisión con el tráfico rodado de los anfibios, reptiles e invertebrados, que están pudiendo completar sin riesgos sus procesos reproductores y de dispersión territorial con las máximas garantías”.

Eloy Revilla, director de la Estación Biológica de Doñana, es experto en este efecto barrera. “Las carreteras son ejemplo paradigmático en sus distintos efectos: cambian el comportamiento de las especies que no pueden usar ese suelo no natural, y el tráfico provoca que se muevan menos animales; cuando vuelva puede haber más atropellos, pero es una elucubración”.

La soledad como problema

Otro problema que plantean los técnicos consultados es el de la delincuencia ambiental, dado que las fuerzas del orden se entregan a otras tareas más urgentes. Beltrán Ceballos, experto en renaturalización de espacios, afirma que “los bichos están muy bien, pero los malos también: el veneno y el furtivo campean a sus anchas, da miedo esos montes sin protección”, aunque los agentes de medio ambiente sí mantienen su esfuerzo.

Rosa Mendoza y José Guirado apuntan otra faceta. El exceso de biomasa forestal “por la caída de la actividad agroforestal tradicional y de gestión preventiva durante el actual periodo de máxima productividad vegetal” incrementará “el riesgo de incendios forestales”.

Esteparias y gorriones

Hay especies que no verán ningún beneficio, como las esteparias, por ejemplo el aguilucho cenizo, cuyos nidos a ras de suelo serán destrozados por las cosechadoras –cuya actividad no se paraliza por esencial- si los agricultores no evitan que coincidan las fechas de cría y recogida del cultivo.

El pájaro que lo tenía peor a priori era el humilde gorrión, pues sólo habita en entornos humanizados tras haberse habituado a obtener el alimento en ellos. Por fortuna, la desaparición de las personas le ha sorprendido en plena primavera, cuando granos y frutos van apareciendo por cultivos y montes. Y sobre todo esta primavera, en la que la profusión de ‘malas hierbas’ acrecienta la biomasa y sus semillas. Lo dice Carlos Molina, ornitólogo de la Sociedad Española de Ornitología (SEO) desde su reclusión en La Palma del Condado (Huelva), incrédulo hacia algún cambio profundo en la actividad animal. Todo lo más, apunta a que los nidos quizás se hagan más a la vista, o los zorros abunden aún más en la frontera entre Doñana y Matalascañas.

Donde no hay cambio alguno es en el zoobotánico de Jerez. Cerrado al público, y con el personal al mínimo, su director, Iñigo Sánchez, sólo aprecia que los animales se acercan más a las barreras. Ni siquiera la cantidad de alimento que ingieren ha bajado o subido. Sí estarán atentos los veterinarios para comprobar si se producen cambios en el número de crías en este prestigioso centro, que acoge a 900 animales de 180 especies.

Mares y ríos

El Guadalquivir, al menos en su tramo marítimo hasta Sevilla, no se ha beneficiado de cambio alguno, dado que el tráfico hasta el puerto no ha disminuido al ser actividad esencial, informa la Autoridad Portuaria. La remoción de sus altísimos niveles de sedimentos –debidos en gran parte a la ocupación de sus zonas de inundación natural- sigue igual para las especies de estuario.

Vegetación en una playa de Almería. Foto: Rosa Mendoza.

En las playas urbanas de Cádiz hay más pájaros comiendo en las orillas y abundan coquinas, cangrejos y erizos. También una planta, el rábano de mar –Cakile maritima– ha florecido dada la ausencia de bañistas y tractores removiendo la arena.

Guirado y Mendoza han apreciado asimismo efectos en las playas almerienses. Por ejemplo que “las arenas ya no están pisoteadas y el viento relocaliza los sedimentos en función de su granulometría, recuperando el modelado natural de las playas”.

Otra de las bondades deriva de que esa naturalidad “propicia un extraordinario desarrollo de la vegetación efímera anual de arenas y la explosión de su fauna (invertebrados y reptiles)”. Esto, añaden los biólogos, unido al silencio y a la ausencia de interferencias del ser humano, “es de esperar que redunde en la sustancial mejora de los índices de nidificación de las especies que le son propias como el Chorlitejo patinegro, entre otros”.

También las zonas verdes urbanas realizan mejor su labor de conexión con el medio natural sin personas. La ciudad andaluza con más metros cuadrados de zona verde por habitante es Sevilla (14), seguida de Huelva (10,3), Jerez (9,4) y Córdoba (8,9), y a la cola Cádiz (3,8) según la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible. José Guirado valora que “la ausencia de presencia humana contribuye a la permeabilidad de las tramas urbanas, facilitando los flujos de fauna silvestre desde el medio natural a las zonas verdes y espacios libres de los núcleos urbanos almerienses, que recuperan la conectividad y establecen un ejemplo práctico de las potencialidades de contar con una  infraestructura verde urbana”.

Lo que permanece

Todos coinciden en lo positivo de esta mirada hacia la naturaleza que se produce, aunque a la fuerza, desde balcones y ventanas de las localidades. Revilla, director de la EBD, señala la importancia de “la conciencia ambiental, de entender y ver la naturaleza, y que se reflexione también desde las personas cómo el cambio climático puede afectar la disponibilidad de alimentos y a sus precios”.

Álvaro Luna es el autor de ‘Un leopardo en el jardín’, un libro sobre la naturaleza en las ciudades. “Mucho de lo que digo en él, ahora se comprueba una vez más. Por ejemplo, hay especies que viven en ciudad, éste es su hábitat y nuestra presencia y actividades influyen en sus vidas”. Las ciudades, añade Luna, suponen “un ecosistema como cualquier otro, con más biodiversidad de la que pensamos, y donde incluso pueden verse especies amenazadas, hay casos en los que las ciudades pueden tener un rol conservacionista para ciertas especies”.

El agente de medio ambiente Juan Reyes se sorprende de la sorpresa de muchos granadinos al ver ardillas en el parque del Violón. “En realidad ya estaban, pero ni ellas bajaban al suelo ni la gente miraba para arriba”. Muchos “van a volver al medio rural”, afirma convencido Beltrán Ceballos, “sobre todo entre los que son de pueblo”, en un movimiento inverso del que supone la entrada de la naturaleza en las ciudades.

“Ojalá se siga mirando por los balcones la naturaleza”, espera Carlos Herrera desde su residencia en el corazón de Cazorla.


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