‘iDescubre’ julio-septiembre 2017

Frente a esa corriente simplona y conformista que quiere hacernos creer que en la cultura científica sólo caben el éxito, la diversión y el asombro, hay que insistir en la necesidad de mostrar (también) el esfuerzo, el error, los tediosos procedimientos a los que se somete el método científico, la falta de reconocimiento y, desde luego, el fracaso, el fracaso como motor de las mejores hazañas.

En esta tierra, nos confiesa en este número de iDescubre José López Barneo, existe una cierta “celebración del fracaso” entendido como demérito, como tropiezo que únicamente da idea de la mediocridad de aquellos que no consiguen alcanzar sus objetivos. Casi nadie aprecia en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo, su capacidad de sacrificio, la dimensión real de su esfuerzo, la disposición que tiene para adaptarse, para reinventarse, para intentarlo una y mil veces más.

 

Y que conste, para que este elogio a contracorriente tampoco se nos vaya de las manos, que una sucesión de fracasos no garantiza, en sí misma, el éxito, pero de lo que no hay duda es de que en esa compleja búsqueda de conocimientos que nos plantea la Ciencia el fracaso nunca debería ser la excusa para no intentarlo (al menos) una vez más, haciendo, eso sí, el esfuerzo oportuno para identificar la pieza que falló, lo que no funcionó como esperábamos, para buscar de esta manera el mejor remedio, el que garantiza el éxito.

 

Curiosamente no fueron americanos, sino mexicanos, los que pusieron en marcha las Fuckup Nights,  breves conferencias (al estilo de lasTed Talks) que cualquiera puede proponer para relatar su fracaso personal, el doméstico relato de su patinazo, la historia íntima de sus naufragios. Un magnífico ejemplo de cómo el fracaso, si le prestamos la atención que merece, llega a ser tan valioso que termina convirtiéndose en una herramienta de aprendizaje compartido.