‘iDescubre’ octubre-diciembre 2016

La Ciencia aporta evidencias, y también revela no pocas incertidumbres, a determinados debates en los que, en torno a una actividad o actividades muy concretas, se dirime, en realidad, algo tan difuso, y al mismo tiempo tan trascendente, como es nuestro modelo de desarrollo.

Cuando planteamos un diálogo sobre el futuro de la nieve en la alta montaña andaluza estamos recurriendo a un ejemplo muy llamativo, muy evidente, a propósito del efecto del cambio climático en nuestra región, aunque de lo que terminamos hablando, porque es el núcleo de ese debate, es de la complejísima trama de conocimientos y valores que hay que tejer para enfrentarse a una amenaza que ya está modificando el escenario en el que vivimos. Un tejido tan estimulante como el que está soportando el nacimiento de las smart cities (otro de los temas centrales de este número de nuestra revista), ciudades en donde, por cierto, se busca la máxima eficiencia energética y el mínimo impacto ambiental.

Las incertidumbres, esas de las que se alimenta la actividad científica y que con tanta intensidad se manifiestan en este tipo de problemas ambientales de ámbito global, no deben ser un factor limitante sino un acicate, un estímulo para la acción, porque quizá la única variable indiscutible, la única certeza que, además, juega en nuestra contra, en contra de la especie humana, es el tiempo.

En iDescubre la Ciencia es con frecuencia el puente que nos invita a reflexionar sobre los cambios de paradigma, sobre las pequeñas, o grandes, revoluciones que nos obligan a cambiar de mentalidad, de actitud, de sistemas de conocimiento, de valores… El popular divulgador Neil DeGrasse Tyson lo resume en una sola frase: “La ciencia es una forma de evitar engañarnos a nosotros mismos, y de evitar engañar a los demás”.